CUATRO BRUJAS

Un cuento de Elba Hernández

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CUATRO BRUJAS

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CUATRO BRUJAS

Elba Hernández Díaz

Es un pueblo como cualquier otro, de esos que se resisten al cambio, con habitantes tranquilos y alegres que conservan la costumbre de tender la mano al vecino. Los días transcurren sin novedad. Sin embargo, cierto día, un evento extraordinario alteró la tranquilidad de la pequeña comarca. Era una noche de octubre, con la luna en todo su esplendor, cuando ocurrió el fenómeno.

Se armó un alboroto en la calle entre los vecinos: comentaban, discutían y discrepaban. Algunos aseguraban haber visto una gran estrella fugaz en el cielo; otros no aceptaban esa versión, pues lo que ellos presenciaron fue una gran bola de fuego. Unos más negaban ambas versiones, afirmando que lo que realmente surcó el cielo fue una nube plateada rodeada de luz, cuya claridad deslumbró e iluminó los cerros. Al final, nadie convenció a nadie; cada cual se aferró a lo que sus ojos vieron, y punto. Los grupos se fueron dispersando, cada quien, a su hogar, después del fantástico fenómeno, haya sido lo que haya sido...

Pero lo que nadie notó fue que el viejo doctor del pueblo y Gertrudis, la enfermera, llegaron apresurados a la antigua Villa de los Miraflores. Por supuesto, ni ellos se percataron del fenómeno que causó el revuelo entre los vecinos, ya que, pocas horas después de su llegada a la Villa de la solitaria pareja, la esposa dio a luz a cuatro bellas niñitas sin dificultad alguna, lo que generó gran alegría en el matrimonio Miraflores. La escena parecía más una fiesta que el preocupante parto de cuatrillizas.

El doctor y la enfermera fueron despedidos por el sonriente y atento señor Miraflores, quien, agitando una mano en despedida, con la otra se apresuró a cerrar la pesada puerta de roble...

El galeno y Gertrudis iban en silencio, sin atreverse a comentar nada, hasta que el doctor rompió el silencio:

-Gertrudis, lo mejor es no comentar nada de lo que vimos. Nadie nos creería.

-Sí, contestó la enfermera, - ¡qué parto tan extraño!

La señora Miraflores, sonriente, trajo al mundo cuatro niñas que, igualmente, no lloraron, sino que sonrieron... ¡Algo extraordinario!

-Ay, Gertrudis, lo mejor es no comentar lo que vimos, dijo el médico, acelerando el paso con su maletín negro en una mano y la bata blanca en el otro brazo.

Mientras, en la Villa Miraflores, los esposos celebraban la llegada de sus cuatro hijas, que lucían tan sanas y sonrientes que cualquiera juraría que tenían tres o más meses. A esto se sumaba el aspecto de la madre, que lucía tan fresca como una lechuga recién cortada del huerto.

Pasada la euforia, cuando regresó la tranquilidad y la recién parida se disponía a alimentar a las recién llegadas al mundo, el señor Miraflores, con gesto serio, se acercó al oído de su mujer y le susurró algo, a lo que ella asintió con gran alegría. ¿Qué le dijo? ¡Nadie hasta hoy lo ha sabido! Solo se supo que, tomados de las manos por varios minutos, acunaron a las cuatro niñas en el centro de sus brazos y, formando un círculo, se fundieron en un silencio que ni el vuelo de un mosquito logró romper.

-Hoy es hoy, dijo la señora Miraflores.

-Otro día, contestó el esposo.

Y, sin saber cómo, el tiempo pasó. Pronto se vio a cuatro niñas corretear en el jardín y, sin más datos en la historia, de pronto ya tenían nombre: el cual fue designado el mismo mes en que llegaron al mundo, justo cuando la luna alcanzó el gran tamaño esperado. La que nació primero se llamó ALFA, dando por entendido que sería la mayor; luego BETA, GAMMA y DELTA, esta última la más frágil y distraída de las cuatro.

Desde la infancia, Alfa dio señales de su carácter dominante sobre sus hermanas: fuerte, exigente y voluntariosa (así la describió su padre a medida que fue creciendo). Por eso, él se esmeró en educarlas de acuerdo con las necesidades y el carácter de cada una.

Pero cuando todo era felicidad en la Villa Miraflores y las cuatro hermanas se habían convertido en cuatro hermosas jóvenes, su padre, víctima de un infarto, pasó a otra vida, dejando a su esposa e hijas sumidas en el dolor y una gran pena. Durante muchos meses, el jardín se regó con el llanto de las cinco mujeres que, inconsolables y como en un ritual, rodeaban el aljibe del patio y ahí derramaban sus lágrimas cada mañana y cada atardecer, hasta que la madre ordenó terminar el duelo. Tocando los labios de cada hija con su dedo índice ungido con miel de mirto, sus lágrimas desaparecieron y en sus bocas se dibujó la sonrisa perdida por meses.

En la Villa retornó la alegría y floreció el jardín, que ya estaba harto del agua salada del llanto y extrañaba el rico manantial, que regresó con su flujo cristalino regando todo como siempre.

Después de todos esos eventos que alteraron sus actividades y planes, por fin regresaron a sus motivadoras prácticas de trucos y magia, que tanto las divertían, aunque estos solo eran eso... trucos y magia de feria.

Los meses transcurrieron en las alas del tiempo. Las cuatro hermanas, cada vez más bellas y maduras, comenzaron a ver el mundo con otros ojos y otro interés, sobre todo escuchando a su hermana Alfa, quien siempre se había impuesto sobre las tres con su dominio.

Fue así cuando las cuatro muchachas se presentaron ante su madre, sabedoras de que ya había llegado el momento de abrir el libro de "4 DESTINOS", celosamente guardado por la dama en el sótano...

-Sí, aceptó la mamá, han alcanzado su mayoría de edad y tienen derecho a penetrar los grandes secretos de una bruja, exclamó mientras una llave de oro aparecía entre sus dedos...

Es martes 13. Las cinco mujeres bajan lentamente, una detrás de otra, la escalinata que conduce al sótano. Un largo gemido se escucha cuando la puerta se abre, dando paso a las mujeres que manotean, tratando de quitarse las telarañas que se adhieren a sus rostros. Alfa se apresura y enciende una bombilla; todo luce polvoriento, pero extremadamente ordenado.

La dama se dirige hacia un viejo mueble de madera, donde el cajón central luce una chapa dorada que emite destellos al retirar la cortinilla negra que lo cubre...

La llave entró, con mano firme, la madre la hace girar y aparece un cofre negro con letras color plata: "4 DESTINOS". Con cuidado, lo toma, lo abre y aparecen cuatro medallas. Las chicas, con los ojos abiertos, las admiran y esperan pacientemente a que su madre hable...

Entre polvo y olores penetrantes, ella limpia un poco el polvo de la tapa y toma la primera medalla... Se dirige a su primera hija, la que está al frente de la fila... le descubre el pecho, coloca la medalla que, mágicamente, queda adherida a la piel como si siempre hubiera sido parte de ella y, con voz grave, habla:

-Es tu destino: bruja serás hasta el final de tus días, para bien solamente, nunca para mal.

Lo mismo realizó con cada hija: las mismas palabras, el mismo compromiso. Y concluyó:

-No provoquen su destino violentando el juramentado dado.

Durante varios minutos, solo el silencio envolvió a las emocionadas mujeres, esperando la reacción o la voz de alguna.

La señora Miraflores encendió las luces; la penumbra desapareció. Las chicas fueron descubriendo el entorno: anaqueles, cajones, mesas, mecheros, calderos, muchos frascos con líquidos, hierbas, y miles de cosas más resguardadas ahí.

-Es todo de ustedes, dijo lentamente.

-Ya no más trucos y magia de ferias de pueblo... Deberán apelar a toda la información que tienen aquí y dominar los mejores hechizos y brujerías en beneficio de su entorno y alcance. Recuerden: no tuerzan su camino, su medalla perderá el brillo si así lo hicieren.

Las cuatro hermanas, fascinadas, lo prometieron: todos sus sortilegios y hechizos serían para el bien.

Al día siguiente, amaneció mal. Las Miraflores ya estaban en el sótano, leyendo recetarios, buscando elementos... patas de rana, ojos de ratón ciego, zapatitos de ciempiés, etc., etc.... Las cosas más raras eran requeridas para cualquier receta. Alfa fue tomando el mando sin acuerdo alguno; Beta, Gamma y Delta no objetaron y se lo permitieron.

Cada día sorprendían las brujerías que iban logrando. Siempre acudían con mamá para escuchar su opinión y, aunque esta ya estaba envejecida y agotada, confinada en su habitación, siempre se daba tiempo de revisar los avances de sus hijas... hasta que el tiempo le comunicó que su final se acercaba... y llegó. Una vez más, el sufrimiento hizo mella en las jóvenes brujas, retrasando sus prácticas por varios meses, hasta que Alfa, con su carácter fuerte, logró que retomaran las prácticas del caldero.

Solas las cuatro hermanas en la vieja Villa Miraflores, fueron decidiendo sus destinos. Alfa las convocó e hizo que sus hermanas le otorgaran el poder para decidir todo lo inherente a la vida dentro de ella, por lo que comenzó a transformar la modesta casa en un castillo de piedra gris, con un juramento escrito en un muro que sentenció así: "Que nada entre, que nada salga. Somos y nada más"... Claro, con unos tremendos muros altos y de gran espesor, nadie podría entrar ni salir...

Cuando Alfa pronunció estas palabras, las tres hermanas temblaron de miedo al escuchar la voz amenazante de su hermana, que, además, en muy poco tiempo, había logrado girar 180 grados todo lo relacionado con la vieja Villa de su niñez, con la serena vida con sus padres. Ahora Alfa manejaría el timón de la vida en el ahora "Castillo Gris".

Y así transcurrieron algunos años. Las cuatro hermanas eran, cada cual, más expertas en realizar importantes hechizos. Beta era quien manejaba la bola de cristal que su madre le había dejado directamente bajo su resguardo, por haber visto en ella lo generosa y amante de todo lo vivo. Por eso, cada mañana consultaba su luminosa esfera de fino cristal...

¡Ah! Los cultivos de tal campesino son presa de una terrible plaga"... Y prestas, las cuatro hermanas, con sus cuatro fuerzas brujiles, elaboraban el mejor hechizo, logrando sorprender al campesino cuando, al llegar a su cultivo, toda la plaga yacía en montones convertidos en cadáveres.

En otra ocasión, Beta se dio cuenta de que el ganado sufría una epidemia en todo el valle, e igual, cuatro mentes poderosas lograban el maravilloso milagro hechicero para el alivio del ganado. Igualmente, en común acuerdo, se encargaron mediante sus brujerías de que, en ese pueblo, las gallinas pusieran los huevos más grandes y dos veces diario. Gente de poblados próximos visitaba la comarca para adquirir huevos y comprar una gallina ponedora de dos huevos, pero que, al salir de la población, pondría solo un huevo y de tamaño normal. Extrañados, los habitantes afortunados prefirieron no investigar y disfrutar de esa abundancia divina, ignorando que todo era por la labor generosa de tres brujas, ya que Alfa, poco a poco, se fue excluyendo de esa misión, sin importarle cómo su medalla en el pecho perdía algo de brillo.

Cierta noche, en que el Castillo Gris estaba en silencio, Beta tardó en irse a la cama por ordenar su bola de cristal, limpiarla y dejarla con todo cuidado en su campana de cristal, cuando vio que Alfa caminaba por el pasillo largo de las habitaciones. Pudo ver que no proyectaba sombra ni tocaba el piso para caminar. Se sorprendió tanto que optó por apagar rápido su bombilla, para que su hermana no se diera cuenta de que la había visto en tan extraña situación.

Por la mañana, Beta, sin reponerse de la impresión del descubrimiento en el pasillo, entró al comedor, donde sus tres hermanas ya ocupaban su lugar, en un silencio que asustó a Beta, más no hizo comentario, solo se disculpó por el pequeño retraso.

¡Claro, solo a ti te esperamos para decir lo que tienen que saber!, gritó molesta Alfa, haciendo que las otras tres hermanas sintieran temor y algunos miedos bailaran en sus corazones.

-Hermanas, hoy será la prueba definitiva que decidirá quién será la gran bruja y se lleve El Caldero de Oro, o se quede para siempre como maga de feria, haciendo trucos y magia barata.

Delta, la más retraída, se estremeció ante las amenazantes palabras de su hermana Alfa... Pensó: -Quizá sería bueno quedarme como maga de feria"...

¡Ni lo pienses!, gritó Alfa. -Si así fuera, nunca saldrías a ninguna feria...

Ahí las hermanas se dieron cuenta de que Alfa leía sus mentes, que seguramente estaba usando recetas en las que ellas no participaban, y eso no era bueno. Beta se puso los dedos índices en las sienes para no dejar salir sus pensamientos y que Alfa se los leyera.

Alfa se puso de pie e indicó que sus hermanas la siguieran, mientras les mostró una llave extraña colgando de su cuello.

Ya en el interior del sótano, la hermana líder tomó la llave entre sus dedos índice y pulgar, abrió cuidadosamente un cofre negro y extrajo un pequeño caldero de oro puro...

-Quien logre cinco puntos, o como mínimo cuatro, se llevará el caldero de oro. En cuanto a la que no logre la meta..., se quedó en suspenso por unos segundos.

- ¡Y, ah... esa será una sorpresa! Por ahora, ya no se pierda más tiempo. ¡A la una, a las dos, y que las patas de cabra estén con ustedes! ¡A comenzar con su gran hechizo... el mejor sortilegio!

Las tres hermanas se lanzaron hacia los anaqueles que se abrían; sacaban frascos, morteros, mecheros y algunas herramientas necesarias, ante la mirada penetrante y burlona de su hermana Alfa.

Transcurrieron horas y minutos; los segundos ni se notaban ante la rapidez de las brujas, que apenas se distinguían entre vapores de mil colores, aromas extraños y penetrantes. Más de una rana se escapó y algún ratón con muletas fue atrapado fácilmente, al igual que la orquesta de grillos... Todos pasaron a ser parte de uno u otro hechizo de las brujas en su titulación.

Beta buscaba astillas de árbol torcido, ojos de gusano ciego, mientras Delta hacía mezclas de hierbas amargas y flores de pétalos negros para atrapar corazones.

Alfa, impasible, tamborileaba los dedos sobre una mesa, anunciando el poco tiempo que les quedaba a sus hermanas. Un golpe extremo, a la par que las luces se apagaban, puso fin a la prueba. Alfa ordenó que, en absoluto silencio, salieran directo a sus habitaciones, sin comunicarse entre sí. Sería hasta la mañana siguiente que se conocería el fallo de la prueba. Las hermanas obedecieron las órdenes estrictamente.

El día llegó con un sol opaco y un ambiente denso. Las hermanas, una a una, en soledad, fueron pasando al comedor... Llegó Gamma y tomó su lugar en silencio. Alfa, sonriente, igual en la silla de siempre. Beta abrió lento la puerta y se dirigió a su silla. Las tres, en silencio, esperaban ver la cuarta silla ocupada, pero Alfa ordenó a las dos hermanas comenzar a tomar sus alimentos.

Beta y Gamma se voltearon a verse y hablaron tímidamente:

-Delta no ha llegado...

-Ella está aquí, contestó Alfa.

Las dos hermanas, interrogantes, voltearon a todos lados y no vieron a su hermana...

Ahí, sobre la cómoda del comedor, había algo cubierto con una tela negra.

¿Qué es eso?, dijeron al unísono las dos hermanas, que no salían de su asombro.

Alfa se puso de pie y descubrió lo que causaba curiosidad a sus hermanas... Jaló la tela, dejando al descubierto una gran jaula donde Delta, mejor dicho, la cabeza de Delta, estaba ahí con su cuerpo de gallina negra. Sus ojos eran los únicos que expresaban su angustia; no tenía voz... Beta y Gamma casi se desmayan; tardaron en recuperarse y protestar por esa acción tan cruel de su hermana, pero esta las calló con un estruendoso golpe sobre la mesa.

- ¡Silencio! Las reglas son las reglas. Se dijo que quien no alcanzara cuatro puntos sufriría las consecuencias, y ahí está... Y para su conocimiento, Delta deberá estar presente siempre donde estemos las cuatro: en el comedor, ella comerá sus granos ahí, dijo Alfa burlona.

-En el jardín, podrá picotear la hierba y comer insectos. A la hora del té, ahí solo nos observará, porque las gallinas no toman té, jja, ja, ja, ja!

Las dos hermanas escuchaban incrédulas hablar a su hermana tan cruelmente, mientras Delta, solo con sus ojos desorbitados, pedía auxilio a sus dos hermanas angustiosamente, y estas lo captaban sin saber qué hacer.

Sucedió que un día, en que Alfa se encerró por tres días en el sótano de los hechizos, como era su costumbre cada luna llena, las dos hermanas Beta y Gamma se pusieron de acuerdo en un plan para liberar a Delta, que además sería una buena acción, condición para ejercer su brujería y cuidar el brillo de sus medallas.

¡Manos a la obra!", dijeron al unísono.

¡Saca el caldero! ¡Trae pelos de rana calva!, ¡Sí! Consigue rápido semillas de buenas intenciones y hojas de la planta del amor...

El caldero desprendía aromas y vapores, mientras las brujas hermanas pronunciaban palabras imposibles de escribir aquí por el temor de generar algún aspecto inesperado.

La primera pócima que tomó Delta hizo que las plumas y patas de gallina desaparecieran; solo la cabeza quedó flotando con los ojos abiertos, esperando la segunda toma que estaba por salir del caldero. Beta extrajo en una copa de ron la poción requerida del segundo hechizo y... "

¡Zaca-zaca-zacatito! Te veremos en un ratito, gritó Gamma, mientras vertía la pócima en la boca de Delta... y, ¡sácatelas! Delta estaba ahí de pie, tocando su cuerpo, viendo sus pies como siempre.

Las tres hermanas se abrazaron felices, pero de pronto el miedo se apoderó de ellas, pues se iban a enfrentar a Alfa y eso no pintaba nada bien.

-Pues ni modo, al mal paso hay que darle prisa, dijo Beta.

-Vayamos a la peor batalla de nuestras vidas. La furia de nuestra hermana será terrible, pero hay que hacerle frente. El bien va con nosotras", dijo Beta, mientras sus tres medallas lanzaban maravillosos brillos en sus pechos...

¡Esperen!, gritó Delta.

-No vayamos al sótano de las brujerías a enfrentar la furia de nuestra hermana. Esperemos a que salga por sí misma, mientras festejamos el éxito de volver a estar las tres juntas y yo en mi estado normal, que sufrí tanto al verme y sentirme en el cuerpo de una gallina...

-Sí, tienes razón, festejemos, expresó Gamma

- ¡Hermanas! Hemos estado tan contentas que no nos percatamos de que Alfa ha permanecido un día más en el sótano de las brujerías, y eso es muy extraño...

3Sí, me parece demasiado tiempo", contestó Beta.

-Es preocupante. Vayamos y enfrentemos las consecuencias por haber liberado a Delta de tan cruel hechizo, dijo Gamma

Entraron al sótano lentamente, una tras otra. La oscuridad era total; les pareció extraño que ninguna bombilla estuviera encendida. Todas pensaron -¿Qué estará haciendo Alfa?, temerosas, permanecieron juntas sin moverse, esperando alguna manifestación de la hermana en retiro...

Nada. Solo silencio y algún vuelo de murciélagos que salían presurosos por la única ventana abierta. Gamma tomó la decisión de encender la luz, pasara lo que pasara, ante el silencio de la que estaba ahí encerrada por cuatro días.

Al hacerse la luz... Ahí, junto al caldero mayor sobre un trípode de hierro, había una escultura de hierro gris opaco, con una medalla en el pecho totalmente negra, donde solo los ojos destellaban un brillo que asustó a las tres jóvenes brujas, que, al principio, sin hablar, gritaron al unísono:

- ¡Alfa!, ¡Hermana! Ninguna respuesta. El hierro frío de la escultura solo confirmaba que se habían cumplido la advertencia y la consecuencia: ser brujas buenas fue la promesa, y ese sería el camino para las tres hermanas, cuyo final el tiempo escribiría en épocas venideras.

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